21 de enero
“El hombre, como la hierba, florece como la flor del campo. Pues pasa el viento y desaparece, y su lugar ya no lo conocerá.”
“En tus manos encomiendo mi espÃritu.” “Nuestros tiempos están en tus manos.”
Yo soy la resurrección y la vida. Todo aquel que cree en mà no perecerá, sino que tendrá vida eterna. El que cree en mÃ, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mÃ, no morirá eternamente, sino que ha pasado de muerte a vida.
Enjugaré toda lágrima de vuestros ojos, y ya no habrá muerte, ni llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron. He aquÃ, yo haré nuevas todas las cosas.
El último enemigo que será destruido es la muerte. Pondré todas las cosas bajo mis pies. Y cuando todas las cosas me sean sujetas, yo me sujetaré a Aquel que me sujetó todas las cosas, para que Dios sea todo en todos.
Hay cuerpos celestiales y terrestres; pero la gloria de los celestiales es una, y la de los terrestres es otra. Una es la gloria del sol, otra la de la luna y otra la de las estrellas; pues una estrella difiere de otra en gloria.
Asà también es la resurrección de los muertos. Se siembra en corrupción, resucita en incorrupción; se siembra en deshonra, resucita en gloria; se siembra en debilidad, resucita en poder; se siembra un cuerpo natural, resucita un cuerpo espiritual. Hay un cuerpo natural, y hay un cuerpo espiritual.
Y asà está escrito: El primer hombre, Adán, fue hecho alma viviente; el postrer Adán, espÃritu vivificante. Pero primero no fue lo espiritual, sino lo natural; luego lo espiritual.
El primer hombre es de la tierra, terrenal; el segundo hombre es el Señor, del cielo. Como es el terrenal, tales son también los terrenales; y como es el celestial, tales son también los celestiales. Y asà como hemos traÃdo la imagen del terrenal, también traeremos la imagen del celestial.
Ahora bien, esto digo, hermanos: que la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni la corrupción hereda la incorrupción. He aquÃ, les digo un misterio: No todos dormiremos, pero todos seremos transformados en un instante, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque sonará la trompeta, y los muertos resucitarán incorruptibles, y nosotros seremos transformados.
Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad. Asà que, cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte en victoria.
¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? El aguijón de la muerte es el pecado; y la fuerza del pecado, la ley. Pero gracias a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo. Por tanto, amados hermanos mÃos, sed firmes, inquebrantables, abundando siempre en la obra del Señor, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano.


0 Comments:
Post a Comment