Una oraciĂ³n con confianza en la salvaciĂ³n final
Comentarios de Dennis Edwards
Una oraciĂ³n de David
Salmo 17:1-2 Escucha lo recto, oh Señor; atiende a mi clamor; presta oĂdo a mi oraciĂ³n, que no sale de labios falsos. Salga mi juicio de tu presencia; vean tus ojos lo que es justo.
David clama a Dios, afirmando que es honesto y sincero, y que Dios deberĂa escuchar y responder a su peticiĂ³n.
Salmo 17:3 Has examinado mi corazĂ³n; me has visitado de noche; me has probado, y nada hallaste; he decidido que mi boca no transgreda.
El apĂ³stol Santiago nos recuerda que nuestra boca es nuestro mayor problema. AsĂ tambiĂ©n la lengua es un miembro pequeño, y se jacta de grandes cosas. ¡Miren cuĂ¡n grande es el asunto que enciende un pequeño fuego! Y la lengua es un fuego, un mundo de iniquidad; asĂ estĂ¡ la lengua entre nuestros miembros, que contamina todo nuestro cuerpo e inflama la rueda de la naturaleza, y es inflamada por el infierno. Pero nadie puede domar la lengua; es un mal que no puede ser refrenado, llena de veneno mortal. Con ella bendecimos a Dios y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, que estĂ¡n hechos a la semejanza de Dios. Santiago 3:5, 6, 8, 9.
JesĂºs tambiĂ©n nos dijo que darĂamos cuenta de cada palabra ociosa, pues por nuestras palabras serĂamos justificados y por nuestras palabras serĂamos condenados (Mateo 12:37). Las palabras son cosas reales. Bendicen o maldicen. El apĂ³stol Pablo tambiĂ©n nos exhortĂ³ a que “ninguna palabra corrompida (o mala) salga de nuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificaciĂ³n, a fin de dar gracia a los oyentes”.
Salmo 17:4 En cuanto a las obras de los hombres, con la palabra de tus labios me he guardado de las sendas del destructor.
Es la palabra de Dios la que nos guarda de las sendas del destructor. Leemos en otros salmos: “Tu palabra es lĂ¡mpara a mis pies y lumbrera a mi camino” (Salmo 119:105). “Con quĂ© limpiarĂ¡ el joven su camino, guardando tu palabra” (Salmo 119:9). “En mi corazĂ³n he guardado tu palabra, para no pecar contra ti” (Salmo 119:11). Es al vivir, meditar y seguir la palabra de Dios que escapamos de las asechanzas de nuestro enemigo espiritual.
Salmo 17:5 Sustenta mi andar en tus sendas, para que mis pasos no resbalen.
Como hijos de Dios, dependemos totalmente de su ayuda: «Aunque seamos infieles, Ă©l permanece fiel» (2 Timoteo 2:13). El apĂ³stol Pablo nos asegura: «El que comenzĂ³ en vosotros la buena obra, la perfeccionarĂ¡ hasta el dĂa de Jesucristo» (Filipenses 1:6). «Porque yo sĂ© a quiĂ©n he creĂdo, y estoy seguro de que es poderoso para guardar mi depĂ³sito para aquel dĂa» (2 Timoteo 1:12b).
Salmo 17:6-8 Te he invocado, porque me oirĂ¡s. Oh Dios, inclina a mĂ tu oĂdo y escucha mi palabra. Muestra tu maravillosa misericordia, tĂº que salvas con tu diestra a los que en ti confĂan de quienes se levantan contra ellos. GuĂ¡rdame como a la niña de tus ojos, escĂ³ndeme bajo la sombra de tus alas.
Una metĂ¡fora familiar en las Escrituras es la del Señor, como una gallina que protege bajo sus alas a sus pollitos. “El que habita al abrigo del AltĂsimo morarĂ¡ bajo la sombra del Omnipotente. DirĂ© del Señor: «Ă‰l es mi refugio y mi fortaleza; mi Dios; en Ă©l confiarĂ©. Ciertamente me librarĂ¡ de la trampa del cazador y de la peste destructora. Con sus plumas te cubrirĂ¡, y bajo sus alas estarĂ¡s seguro; su verdad serĂ¡ tu escudo y adarga”. Salmo 91:1-4.
Salmo 17:9-10: De los malvados que me oprimen, de mis enemigos mortales que me rodean. Se encierran en su propia grosura; con su boca hablan con soberbia.
Una descripciĂ³n bastante precisa de los ricos y poderosos impĂos que oprimen a los pobres y necesitados, y con arrogancia hablan en contra de todo lo que se llama Dios o es piadoso.
Salmo 17:11-12 Nos han cercado en nuestros pasos; han puesto sus ojos en tierra, como leĂ³n Ă¡vido de presa, como leoncillo que acecha en escondrijos.
La imagen del malvado como leĂ³n que acecha al piadoso se repite en el Nuevo Testamento, donde el apĂ³stol Pedro escribe: «Sed sobrios, velad; porque vuestro adversario el diablo, como leĂ³n rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar; al cual resistid firmes en la fe». 1 Pedro 5:8-9a.
Salmo 17:13 «LevĂ¡ntate, oh Señor, desĂ¡nimo, derrĂbalo; libra mi alma del malvado, que es tu espada».
La palabra de Dios expresa repetidamente la idea de que el Señor a veces usa al incrĂ©dulo para castigar a su pueblo. En IsaĂas 7:20, el rey de Asiria fue mencionado como la navaja de Dios que vino contra Israel. «En aquel mismo dĂa, el Señor afeitarĂ¡ con navaja alquilada, es decir, al otro lado del rĂo, por el rey de Asiria, la cabeza y el pelo de los pies; tambiĂ©n consumirĂ¡ la barba». Dios enviarĂa a los asirios como castigo para las diez tribus del norte de Israel.
Nabucodonosor, quien vino y destruyĂ³ JerusalĂ©n y el primer templo, es mencionado como siervo de Dios en JeremĂas 25:9: “He aquĂ, yo enviarĂ© y tomarĂ© a todas las familias del norte —declara el Señor— y a Nabucodonosor, rey de Babilonia, mi siervo, y los traerĂ© contra esta tierra, contra sus habitantes y contra todas estas naciones de alrededor; los destruirĂ© por completo y los convertirĂ© en espanto, burla y desolaciĂ³n perpetua”.
Salmo 17:14 De los hombres que estĂ¡n bajo tu control, oh Señor, de los hombres del mundo, que tienen su porciĂ³n en esta vida, y cuyo vientre llenas con tu tesoro escondido: estĂ¡n llenos de hijos, y dejan el resto de sus bienes a sus pequeños.
Los ricos han encontrado la manera, a travĂ©s de sus fundaciones, ONG y asociaciones, de ocultar su dinero para evadir impuestos y, como resultado, sus ingresos crecen exponencialmente de generaciĂ³n en generaciĂ³n. Son del mundo y aman las cosas del mundo: los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la vanagloria de la vida. Pero el mundo pasa y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre (1 Juan 2:16-17).
Salmo 17:15 En cuanto a mĂ, contemplarĂ© tu rostro en justicia; estarĂ© satisfecho al despertar a tu semejanza.
David compara a los hombres del mundo y su recompensa en esta vida con su propia esperanza y recompensa en el reino celestial. Sus palabras son similares a las de Job mil años antes. “Porque yo sĂ© que mi Redentor vive, y que al fin se levantarĂ¡ sobre el polvo; y despuĂ©s de deshecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios; al cual verĂ© por mĂ mismo, y mis ojos lo verĂ¡n, y no otro; aunque mis entrañas se consuman dentro de mĂ” (Job 19:25-27).
En el Nuevo Testamento vemos una esperanza similar en los discĂpulos de JesĂºs. El apĂ³stol Juan escribiĂ³: “Amados, ahora somos hijos de Dios, y aĂºn no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando Ă©l se manifieste, seremos semejantes a Ă©l, porque le veremos tal como Ă©l es” (1 Juan 3:2). El apĂ³stol Pablo escribiĂ³: «Mas nuestra ciudadanĂa estĂ¡ en los cielos, de donde tambiĂ©n esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo, el cual transformarĂ¡ el cuerpo de la humillaciĂ³n nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede tambiĂ©n sujetar a sĂ mismo todas las cosas» (Filipenses 3:20-21).
Esa es la esperanza de todo hijo de Dios nacido de nuevo: la vida eterna. Como tambiĂ©n escribiĂ³ el apĂ³stol Pablo: «He aquĂ, os digo un misterio: No todos dormiremos (moriremos), pero seremos transformados en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocarĂ¡ la trompeta, y los muertos resucitarĂ¡n incorruptibles, y nosotros seremos transformados. Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupciĂ³n, y esto mortal se vista de inmortalidad. Y cuando esto corruptible se vista de incorrupciĂ³n, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirĂ¡ la palabra que estĂ¡ escrita: Sorbida es la muerte en victoria. ¿DĂ³nde estĂ¡, oh muerte, tu aguijĂ³n? ¿DĂ³nde, oh sepulcro, tu victoria?... Pero gracias a Dios, que nos da la victoria (sobre la tumba y la muerte) por medio de nuestro Señor Jesucristo» (1 Corintios 15:51-55).
El apĂ³stol Pablo estaba citando IsaĂas, donde encontramos la misma esperanza. Él destruirĂ¡ a la muerte para siempre; y el Señor Dios enjugarĂ¡ las lĂ¡grimas de todos los rostros; y quitarĂ¡ la afrenta de su pueblo de toda la tierra, porque el Señor lo ha dicho. Y se dirĂ¡ en aquel dĂa: «He aquĂ, este es nuestro Dios; le hemos esperado, y nos salvarĂ¡; este es el Señor; le hemos esperado, nos gozaremos y nos alegraremos en su salvaciĂ³n» (IsaĂas 25:8-9).
No tenemos una ciudad permanente aquĂ en la tierra, porque esperamos una futura. Somos extranjeros y peregrinos en la tierra, persuadidos por las promesas de Dios y abrazados a ellas. Buscamos la ciudad que tiene cimientos, cuyo arquitecto y constructor es Dios. «Por lo cual Dios no se avergĂ¼enza de ser llamado nuestro Dios; porque nos ha preparado una ciudad» (Hebreos 11:16). Esa es la Ciudad Celestial, la Nueva JerusalĂ©n, donde Dios enjugarĂ¡ toda lĂ¡grima de nuestros ojos; Y ya no habrĂ¡ muerte, ni habrĂ¡ mĂ¡s llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasarĂ¡n (Apocalipsis 21:4). Y Dios harĂ¡ nuevas todas las cosas.
Esa es la esperanza a la que nos aferramos, nuestra recompensa celestial. Como escribe el apĂ³stol Pablo, citando de nuevo a IsaĂas: «Cosas que ojo no vio, ni oĂdo oyĂ³, ni han subido en corazĂ³n de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman» (1 Corintios 2:9). «AsĂ que, mis amados hermanos, estad firmes y constantes, creciendo siempre en la obra del Señor, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano» (1 Corintios 15:58). «SĂ© fiel hasta la muerte, y yo (el Señor) te darĂ© la corona de la vida» (Apocalipsis 2:10).
Publicado originalmente el 17-12-2025.

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