Dennis Edwards
Desde la transfiguración de Jesús, él se propuso ir a Jerusalén. Era el momento de su confrontación con las autoridades religiosas y seculares. Comenzaremos con el evangelio de Marcos. Tradicionalmente, el monte al que Jesús ascendió con sus discÃpulos fue el monte Tabor. El monte Tabor se encuentra a unos 24 km al suroeste del mar de Galilea. El monte Tabor está a unos 114 km al norte de Jericó, y Jericó se encuentra a unos 25 km al este de Jerusalén. El ascenso desde Jericó hasta Jerusalén es de unos 3.600 pies, o 1,1 km en esa distancia de 25 km.
Marcos 9:2 y 4; 7-10; 31-32. “Seis dÃas después, Jesús tomó consigo a Pedro, a Jacobo y a Juan, y los llevó aparte a un monte alto, donde se transfiguró delante de ellos… Se les aparecieron ElÃas y Moisés, quienes conversaban con Jesús… Una nube los cubrió con su sombra, y de la nube salió una voz que decÃa: «Este es mi Hijo amado; escúchenlo». De repente, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús con ellos. Al bajar del monte, les mandó que no contaran a nadie lo que habÃan visto, hasta que el Hijo del Hombre resucitara de entre los muertos. Ellos guardaban esto en silencio, preguntándose unos a otros qué significarÃa la resurrección.”
El incidente en el que Pedro reprendió a Jesús ocurrió justo antes de la transfiguración. Obviamente, Pedro no tuvo la misma visión del MesÃas que Jesús. Repasemos las palabras de Mateo 16:21-23.
Desde entonces, Jesús comenzó a mostrar a sus discÃpulos que debÃa ir a Jerusalén, padecer mucho a manos de los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser asesinado y resucitar al tercer dÃa. Entonces Pedro lo tomó y comenzó a reprenderlo, diciendo: «¡De ninguna manera, Señor! ¡Esto no te sucederá!». Pero él se volvió y le dijo a Pedro: «¡Apártate de mÃ, Satanás! ¡Eres un obstáculo para mÃ! No piensas en las cosas de Dios, sino en las de los hombres».
La descripción de la transfiguración en Mateo ofrece la misma información que Marcos. Vamos a examinar el mismo relato en Lucas para ver si se proporciona información adicional.
Lucas 9:21-22, 28, 30-31. “Y les encargó severamente que no dijeran a nadie aquello (que él era el Cristo de Dios); diciendo: Es necesario que el Hijo del Hombre padezca mucho, que sea rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, que sea muerto y que resucite al tercer dÃa… Y sucedió que unos ocho dÃas después de estas palabras, tomó a Pedro, a Juan y a Jacobo, y subió a un monte a orar… Y he aquà que dos hombres, que eran Moisés y ElÃas, hablaban con él en gloria y le anunciaban su muerte, la cual se cumplirÃa en Jerusalén.”
Este es un punto clave. Moisés y ElÃas le dieron a Jesús información más detallada sobre lo que iba a suceder en Jerusalén. Jesús sabÃa de antemano lo que iba a pasar.
Lucas 9:43b-45, 51-56. Y Jesús dijo a sus discÃpulos: Que estas palabras les queden bien grabadas en la mente, porque el Hijo del Hombre será entregado en manos de los hombres. Pero ellos no entendieron estas palabras, y les estaban ocultas, de modo que no las comprendieron; y temÃan preguntarle acerca de ellas. …Y sucedió que cuando llegó el momento de ser recibido en el cielo, se propuso firmemente ir a Jerusalén. Y envió mensajeros delante de él, los cuales fueron y entraron en la aldea de los samaritanos para prepararle una bienvenida. Pero no lo recibieron, porque su semblante era como si fuera a Jerusalén. Cuando sus discÃpulos Jacobo y Juan vieron esto, dijeron: «Señor, ¿quieres que mandemos que descienda fuego del cielo y los consuma, como hizo ElÃas?». Pero él se volvió y los reprendió, diciendo: «No sabéis de qué espÃritu sois. Porque el Hijo del Hombre no ha venido para destruir las vidas de los hombres, sino para salvarlas». Y ellos se fueron a otra aldea.
¿Por qué los discÃpulos preguntaban si debÃan hacer descender fuego del cielo? Porque no comprendÃan la misión de Jesús. Esperaban que el MesÃas viniera como un vencedor conquistador. ConocÃan muchas de las profecÃas del Antiguo Testamento sobre su venida. Veamos el Salmo 2.
¿Por qué se enfurecen las naciones, y los pueblos traman vanidades? Los reyes de la tierra se levantan, y los gobernantes se confabulan contra el Señor y contra su ungido, diciendo: «Rompamos sus ataduras, y arrojemos de nosotros sus cadenas». El que se sienta en los cielos se reirá; el Señor se burlará de ellos. Entonces les hablará en su ira, y los castigará con su furor. Pero yo he establecido a mi rey sobre mi santo monte de Sion. Proclamaré el decreto: Jehová me ha dicho: Tú eres mi Hijo; hoy te he engendrado. PÃdeme, y te daré las naciones por herencia, y Los confines de la tierra serán tuyos. Los quebrarás con vara de hierro; los harás pedazos como vasija de alfarero. Ahora, pues, oh reyes, sed prudentes; sed instruidos, jueces de la tierra. Servid al Señor con temor, y alegraos con temblor. Besad al Hijo, no sea que se enoje, y perezcáis en el camino cuando su ira se encienda un poco. Bienaventurados todos los que en él confÃan.
Vemos que los discÃpulos tenÃan una visión totalmente diferente de lo que iba a suceder. Para ellos, el MesÃas iba a vencer a sus enemigos y restaurar el reino a Israel, y el monte de la casa del Señor se extenderÃa desde Jerusalén. Lo que ellos creÃan que era la primera venida, nosotros sabemos que es la segunda.
Pero al descender del monte Tabor y presenciar la transfiguración, Santiago y Juan le hacen a Jesús una pregunta extraña. Leamos Marcos 10:32. “Y ellos iban camino a Jerusalén, y Jesús iba delante de ellos. Estaban asombrados y, mientras lo seguÃan, tenÃan miedo.”
Parece que aquà se indica que Jesús los guÃa hacia Jerusalén. Los discÃpulos están asombrados y se preguntan qué sucederá; de hecho, tienen miedo.
Marcos 10:33-50 Y tomando de nuevo a los doce, comenzó a decirles lo que le iba a suceder: «Mirad, subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas, quienes lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles. Se burlarán de él, lo azotarán, le escupirán y lo matarán; y al tercer dÃa resucitará». Entonces Jacobo y Juan, hijos de Zebedeo, se acercaron a él y le dijeron: «Maestro, queremos que nos concedas lo que te pidamos». Él les respondió: «¿Qué queréis que haga por vosotros?». Ellos le dijeron: «Concédenos que nos sentemos, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda, en tu gloria». Pero Jesús les dijo: «No saben lo que piden. ¿Pueden beber la copa que yo bebo y ser bautizados con el bautismo con que yo soy bautizado?». Ellos le dijeron: «Podemos». Entonces Jesús les dijo: «Ciertamente beberán la copa que yo bebo, y con el bautismo con que yo soy bautizado serán bautizados; pero sentarse a mi derecha y a mi izquierda no me corresponde a mà darlo, sino que es para aquellos para quienes está preparado». Y cuando los diez oyeron esto, comenzaron a disgustarse mucho con Santiago y Juan. Pero Jesús los llamó y les dijo: «Ustedes saben que los que son considerados gobernantes de los gentiles se enseñorean de ellos, y sus grandes ejercen autoridad sobre ellos. Pero entre ustedes no será asÃ; sino que el que quiera ser grande entre ustedes sea su servidor. Y el que de vosotros quiera ser el primero, será esclavo de todos. Porque ni siquiera el Hijo del Hombre vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos.
Vemos de nuevo que los discÃpulos pensaban que Jesús se estaba preparando para establecer su reino. CreÃan que usarÃa su poder para destruir a sus enemigos. Santiago y Juan querÃan sentarse a la derecha y a la izquierda de Jesús. Si comprendemos la concepción que tenÃan los discÃpulos del MesÃas venidero, podemos entender su pregunta, aparentemente extraña. Pensaban que habÃa llegado el momento de restablecer el reino en Israel.
Viajaban desde el monte Tabor hacia Jerusalén y el siguiente lugar al que llegaban era Jericó.
Marcos 10:46, 51-52. Llegaron a Jericó; y al salir de Jericó con sus discÃpulos y una gran multitud, Bartimeo, hijo de Timeo, estaba sentado junto al camino mendigando… Jesús le respondió: ¿Qué quieres que haga por ti? El ciego le dijo: Señor, que recobre la vista. Jesús le dijo: Vete; tu fe te ha sanado. E inmediatamente recobró la vista y siguió a Jesús en el camino. camino.
El ciego Bartimeo es sanado y luego sigue a Jesús por el camino. Recordemos que Jerusalén está a solo 25 km de Jericó. Si volvemos a la descripción de Lucas, vemos que es la misma, la cual no vamos a leer aquÃ. Lucas 18:31-35.
En Lucas 19, Jesús pasa por Jericó y allà se encuentra con Zaqueo, el rico publicano. Jesús se detiene a hospedarse en su casa. En Lucas 19:9-11 leemos: «Jesús le dijo: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque él también es hijo de Abraham. Porque el Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que se habÃa perdido”. Al oÃr esto, añadió y contó una parábola, porque estaba cerca de Jerusalén y porque pensaban que el reino de Dios iba a aparecer inmediatamente».
Jesús luego cuenta la parábola de los talentos y habla de las bendiciones que recibirán quienes sean fieles en invertir sus talentos. Él intenta hacerles comprender que el reino no surgirá de inmediato.
Lucas 19:28-30, 35-38. Dicho esto, siguió adelante, subiendo a Jerusalén. Y sucedió que, al acercarse a Betfagé y Betania, junto al monte llamado de los Olivos, envió a dos de sus discÃpulos, diciéndoles: «Vayan a la aldea que está enfrente, donde al entrar encontrarán un pollino atado, En el que nadie se ha sentado jamás. Desatadlo y traedlo aquÃ… Entonces lo llevaron a Jesús. Y echaron sus mantos sobre el pollino, y sentaron a Jesús sobre él. Y mientras Él avanzaba, muchos extendieron sus mantos por el camino. Cuando Jesús se acercaba a la bajada del Monte de los Olivos, toda la multitud de los discÃpulos comenzó a regocijarse y a alabar a Dios a gran voz por todos los milagros que habÃan visto, diciendo: «¡Bendito el Rey que viene en el nombre del Señor! ¡Paz en el cielo y gloria en las alturas!»
La multitud no se limitaba a los doce discÃpulos, sino que incluÃa a todo el grupo de personas que seguÃan a Jesús. Quizás a los setenta, a la mujer que le servÃa, a Bartimeo el Ciego, a ciento veinte, y a otros. Al entrar en Jerusalén montado en el asno, los seguidores de Jesús tal vez pensaban en la profecÃa de ZacarÃas 9:9-10.
«¡Alégrate mucho, hija de Sión! ¡Grita de júbilo, hija de Jerusalén! Mira, tu Rey viene a ti; justo y salvador, humilde y montado en un asno, en un pollino, crÃa de asna. Destruiré el carro de guerra de EfraÃn y el caballo de Jerusalén; el arco de batalla será quebrado. Él proclamará la paz a las naciones; su dominio será de mar a mar, y desde el rÃo hasta los confines de la tierra».
Los discÃpulos pensaban que Jesús era el MesÃas y que iba a establecer su reino ahora. Incluso después de su resurrección, antes de ascender al cielo, le preguntaron de nuevo. Hechos 1:6: «Entonces, reunidos, le preguntaron: “¿Restaurarás ahora el reino a Israel?”».
Jesús les respondió en Hechos 1:7-8: «No os corresponde a vosotros saber los tiempos ni las ocasiones que el Padre ha puesto en sus manos». Pero recibiréis poder cuando el EspÃritu Santo venga sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Samaria y hasta los confines de la tierra.
Esa es nuestra tarea hasta el final: ser testigos de Jesús en nuestro hogar, nuestro vecindario, nuestro paÃs e incluso en el mundo entero. Por eso vemos a Jesús entrar triunfalmente en Jerusalén con sus seguidores, quienes no comprenden su misión ni cómo se llevará a cabo.
Marcos 14:1, 3-8, 10-11. «Dos dÃas después era la fiesta de la Pascua, con los panes sin levadura. Los sumos sacerdotes y los escribas buscaban la manera de atraparlo con astucia y matarlo… Estando en Betania, en casa de Simón el leproso, mientras él estaba sentado a la mesa, llegó una mujer con un frasco de alabastro de perfume de nardo muy precioso; rompió el frasco y lo derramó sobre su cabeza». Algunos se indignaron y dijeron: «¿Por qué se ha desperdiciado este ungüento? PodrÃa haberse vendido por más de trescientos denarios y haberse dado a los pobres». Jesús les dijo: «Dejenla en paz; ¿por qué la molestan? Ha hecho un bien en mÃ. Porque a los pobres siempre los tendrán con ustedes, y cuando quieran podrán hacerles bien; pero a mà no siempre me tendrán. Ella ha hecho lo que podÃa: ha venido de antemano a ungir mi cuerpo para la sepultura…». Judas Iscariote, uno de los doce, fue a los sumos sacerdotes para entregarlo. Al oÃrlo, se alegraron y le prometieron dinero. Entonces él buscó la manera de entregarlo convenientemente.
Vemos la misma historia en Juan 12:1-8. Seis dÃas antes de la Pascua, Jesús fue a Betania, donde vivÃa Lázaro, a quien habÃa resucitado. Allà le ofrecieron una cena; Marta servÃa, pero Lázaro estaba entre los que se sentaban a la mesa con él. Entonces MarÃa tomó una libra de perfume de nardo muy costoso, ungió los pies de Jesús y los secó con su cabello. Y la casa se llenó de la fragancia del perfume. Pero uno de sus discÃpulos, Judas Iscariote, hijo de Simón, el que lo iba a traicionar, dijo: «¿Por qué no se vendió este perfume por trescientos denarios y se dio a los pobres?». Esto lo decÃa no porque le importaran los pobres, sino porque era ladrón y tenÃa la caja del dinero; solÃa tomar lo que se depositaba en ella. Pero Jesús dijo: «Déjala; ella lo ha guardado para el dÃa de mi sepultura. Porque a los pobres siempre los tendréis con vosotros, pero a mà no siempre me tendréis». Juan 12:9-13. Muchos judÃos sabÃan que Jesús estaba allÃ, y acudieron, no solo por Jesús, sino también para ver a Lázaro, a quien habÃa resucitado. Pero los sumos sacerdotes tramaron matar también a Lázaro, porque por su causa muchos judÃos se habÃan apartado y habÃan creÃdo en Jesús. Al dÃa siguiente, una gran multitud que habÃa venido a la fiesta, al oÃr que Jesús venÃa a Jerusalén, tomó ramas de palmera y salió a su encuentro, gritando: «¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡El Rey de Israel!».
Vemos que Jesús se habÃa quedado en Betania antes de su entrada triunfal en Jerusalén. Pero poco después de la gloriosa entrada, Jesús hizo un anuncio sorprendente. Sus discÃpulos le pedÃan que se reuniera con unos griegos que querÃan conocerlo. Jesús los ignoró por completo, pues habÃa recibido un mensaje de su Padre: su hora habÃa llegado.
Juan 12:23-27. Jesús les respondió: «La hora ha llegado para que el Hijo del Hombre sea glorificado. De cierto, de cierto os digo: Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto. El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, la guardará para vida eterna. Si alguno me sirve, sÃgame; y donde yo estoy, allà también estará mi servidor. Si alguno me sirve, mi Padre lo honrará. Ahora mi alma está turbada; ¿y qué diré? Padre, sálvame de esta hora; pero para esto he llegado a esta hora».
Vemos que Jesús habÃa sanado a Lázaro poco antes de su entrada triunfal en Jerusalén. El pueblo debió de estar eufórico. El MesÃas habÃa resucitado a un hombre que llevaba cuatro dÃas muerto. Ahora entraba en Jerusalén. ¿RestaurarÃa en ese momento el reino de Israel?
Jesús se habÃa alojado en Betania antes de entrar en Jerusalén montado en un asno. Ahora estaba en Jerusalén. Los acontecimientos se precipitarÃan. Celebraba la Pascua con sus discÃpulos. Después de la cena, cantaban un himno y salÃan a descansar a la noche en el monte de los Olivos. Pedro le prometÃa a Jesús que no lo negarÃa, aunque Jesús le aseguraba que sà lo harÃa. En el Huerto de GetsemanÃ, Jesús les pedÃa a sus discÃpulos que se sentaran a esperar mientras él oraba.
Lucas 22:39-43. Salió y se fue, como de costumbre, al monte de los Olivos; y sus discÃpulos lo siguieron. Cuando llegó allÃ, les dijo: Orad para que no caigáis en tentación. Y se apartó de ellos como a un tiro de piedra, y arrodillándose, oró, diciendo: Padre, si quieres, aparta de mà esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya. Entonces se le apareció un ángel del cielo para fortalecerlo.
¿Dónde más vienen los ángeles a servirle? Mateo 4:11: «Entonces el diablo lo dejó, y he aquà que vinieron ángeles y le servÃan». Cuando estés atravesando tu batalla más difÃcil, ora con fervor y Dios enviará un ángel para fortalecerte.
Lucas 22:44-54: Y estando en agonÃa, oraba con más intensidad; y su sudor era como grandes gotas de sangre que caÃan a tierra. Y levantándose de la oración, fue a donde estaban sus discÃpulos, y los halló dormidos por la tristeza, y les dijo: ¿Por qué dormÃs? Levantaos y orad, para que no caigáis en tentación. Mientras aún hablaba, apareció una multitud, y Judas, uno de los doce, se acercó a ellos para besarlo. Jesús le dijo: «Judas, ¿con un beso traicionas al Hijo del Hombre?». Al ver los que estaban a su alrededor lo que iba a suceder, le preguntaron: «Señor, ¿debemos atacarlo con la espada?». Uno de ellos hirió al siervo del sumo sacerdote y le cortó la oreja derecha. Jesús respondió: «Dejen que esto les suceda». Y tocándole la oreja, lo sanó. Entonces Jesús dijo a los sumos sacerdotes, a los capitanes del templo y a los ancianos que habÃan venido a él: «¿Saldrán a atacar a un ladrón con espadas y palos? Cuando yo estaba diariamente con ustedes en el templo, no me hicieron daño; pero esta es su hora, y el poder de las tinieblas». Entonces lo tomaron, lo llevaron y lo condujeron a la casa del sumo sacerdote. Pedro lo siguió de lejos.
Por favor, no sigan a Jesús desde lejos. PodrÃamos terminar negándolo como Pedro, si lo hacemos.
Leamos un poco en Mateo 26:38-44. Entonces les dijo: «Mi alma está muy triste, hasta la muerte; quédense aquà y velen conmigo». Y adelantándose un poco, cayó sobre su rostro y oró, diciendo: «Padre mÃo, si es posible, que pase de mà esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú quieres». Y volviendo a donde estaban los discÃpulos, los halló dormidos y le dijo a Pedro: «¿Asà que no pudieron velar conmigo ni una hora? Velad y orad, para que no caigáis en tentación; el espÃritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil». Volvió a irse por segunda vez y oró, diciendo: «Padre mÃo, si no puede pasar de mà esta copa sin que yo la beba, hágase tu voluntad». Y volviendo, los halló dormidos de nuevo, pues tenÃan los ojos pesados. Y dejándolos, volvió a irse y oró por tercera vez, diciendo las mismas palabras.
Jesús persevera hasta el final. Juan nos ofrece todos esos hermosos capÃtulos de los últimos momentos de Jesús con sus discÃpulos antes de su muerte. Juan 17 es la hermosa oración de Jesús a su Padre por sus discÃpulos.
Juan 18:1-12. Después de decir estas palabras, Jesús salió con sus discÃpulos al otro lado del arroyo Cedrón, donde habÃa un huerto, al cual entró con sus discÃpulos. Judas, el que lo traicionó, también conocÃa el lugar, pues Jesús solÃa ir allà con sus discÃpulos. Entonces Judas, habiendo recibido una banda de hombres y oficiales de los sumos sacerdotes y fariseos, llegó allà con linternas, antorchas y armas. Jesús, pues, sabiendo todo lo que le iba a suceder, salió y les dijo: ¿A quién buscáis? Le respondieron: A Jesús de Nazaret. Jesús les dijo: Yo soy. Y Judas, el que lo traicionó, estaba con ellos. Tan pronto como les hubo dicho: Yo soy, retrocedieron y cayeron al suelo. Entonces les preguntó de nuevo: ¿A quién buscáis? Y ellos dijeron: A Jesús de Nazaret. Jesús respondió: Os he dicho que yo soy; por tanto, si me buscáis, dejad que estos se vayan. Para que se cumpliera la palabra que habÃa dicho: De los que me diste, no he perdido ninguno. Entonces Simón Pedro, teniendo una espada, la desenvainó, hirió al siervo del sumo sacerdote y le cortó la oreja derecha. El siervo se llamaba Malco. Entonces Jesús le dijo a Pedro: «Guarda tu espada en la vaina; ¿acaso no he de beber la copa que mi Padre me ha dado?». Entonces la banda, el capitán y los oficiales de los judÃos lo apresaron y lo ataron.
El mismo Jesús que momentos antes parecÃa tan débil y afligido, al borde de la muerte, habÃa librado la buena batalla, se habÃa aferrado a la vida eterna y habÃa vencido al Maligno. Dios le habÃa enviado un ángel para que lo asistiera. Ese Jesús, que habÃa sudado sangre en la desesperación y la angustia, ahora se presentó con el poder del EspÃritu para enfrentar a sus adversarios sin temor. No vaciló ni un instante. Se sometió al Padre incondicionalmente y cumplió su propósito.
1 Juan 3:8b: «Para esto se manifestó el Hijo de Dios: para destruir las obras del diablo». Jesús es el autor de la salvación eterna para todos los que creen en él y le obedecen.
Hebreos 5:7-9. Quien en los dÃas de su vida terrenal, ofreció oraciones y súplicas con gran clamor y lágrimas a aquel que podÃa salvarlo de la muerte, y fue escuchado por su reverencia; siendo Hijo, aprendió la obediencia por lo que padeció; y habiendo sido perfeccionado, llegó a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen.
Juan 3:16-17 «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él».
Nosotros también debemos cumplir nuestra tarea de ser luz para el mundo. Debemos ser firmes e inquebrantables. Leamos 1 Corintios 15:57-58. Pero gracias a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo. Por tanto, amados hermanos, manténganse firmes e inquebrantables, siempre trabajando con ahÃnco en la obra del Señor, sabiendo que su trabajo en el Señor no es en vano.
Publicado originalmente el 6 de abril de 2023
