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Friday, October 16, 2026

¿Cómo puedes hacer crecer tu plataforma y convertirte en alguien que instruye a muchos?

 

Dennis Edwards 

La Palabra de Dios nos dice que, en los últimos tiempos, habrá personas entre el pueblo que poseerán entendimiento y que instruirán a muchos.[1] ¿Cómo podemos nosotros —cristianos que hemos dedicado nuestra vida al servicio de Dios y de los demás, a menudo en campos misioneros difíciles y con gran sacrificio personal; nosotros que hemos estudiado y seguido fielmente la Palabra de Dios desde nuestra juventud—, cómo podemos prepararnos para cumplir la profecía de Daniel? ¿Cómo podemos capacitarnos para instruir a muchos? 

Hace algunos años, le preguntaron al famoso multimillonario estadounidense Warren Buffett qué consejo le daría a un estudiante universitario o a un joven para mejorar sus perspectivas de éxito y liderazgo en el mercado laboral. ¿Cómo podría un joven potenciar su perfil profesional? ¿Qué talento debería desarrollar para aumentar sus oportunidades en el mercado de trabajo, así como su éxito e influencia como líder?

Buffett señaló que la cualidad principal que aumenta el potencial de liderazgo y las recompensas económicas de una persona es hablar en público. Añadió que, si un joven desea realmente mejorar sus posibilidades de alcanzar un puesto de mayor liderazgo y un nivel salarial más elevado, debe desarrollar su capacidad para hablar en público. Hablar en público constituye el activo fundamental para ampliar las oportunidades profesionales y de liderazgo. 

El célebre escritor, orador y figura destacada, George Bernard Shaw (1856–1950), relató en su ensayo autobiográfico «Cómo me convertí en orador» las dificultades personales que experimentaba al hablar en público. Para superar su timidez, Shaw se expuso deliberadamente a situaciones en las que debía hablar ante una audiencia. Se unió a varios clubes de debate y se obligó a enfrentar su miedo a hablar en público. Al principio, hizo el ridículo —algo que a todos nos puede suceder—, pero con el tiempo, sus nervios se aplacaron, su mente se serenó y terminó convirtiéndose en uno de los oradores más solicitados de su época.

La Universidad de Yale, al igual que muchas otras, ofrece a sus estudiantes un curso de oratoria. En su clase introductoria, el profesor de oratoria de Yale destaca que las dos formas más eficaces de ampliar nuestro alcance —y, por ende, nuestra influencia sobre los demás— consisten en mejorar nuestra capacidad para hablar en público o nuestra destreza en la escritura. Muchas personas que hoy se dedican a hablar en público comenzaron escribiendo un libro; el éxito de dicha obra les sirvió de trampolín para iniciar una trayectoria como conferenciantes. 

¿Tiene algo que decir la Palabra de Dios acerca de hablar en público? Sabemos que nuestra capacidad para expresarnos ante una audiencia —ya sea en persona, a través de plataformas como YouTube o incluso por teléfono— puede ampliar nuestro alcance e influencia. ¿Podría nuestra capacidad para llegar a más personas con el mensaje del Evangelio, gracias a la tecnología actual, constituir un cumplimiento de la predicción de Jesús de que sus seguidores harían «cosas mayores» que las que Él realizó? 

En el Nuevo Testamento, vemos al apóstol Pedro acobardado, llegando a negar a Cristo en tres ocasiones. Sin embargo, tras esperar y recibir la plenitud del Espíritu Santo, su capacidad para hablar, su valentía y su convicción se transformaron en algo poderoso. Aquellos judíos que lo perseguían reconocieron que él —un sencillo pescador— había estado con Jesús. Muchos de ellos aceptaron el mensaje de Pedro. A pesar de carecer de formación teológica y de ser considerado un hombre sin instrucción a los ojos del Sanedrín judío, su elocuencia al hablar en público llegó a estar, de repente, a la altura de la de los letrados escribas y fariseos. El tiempo que Pedro pasó junto a Jesús, sumado a la llenura del Espíritu Santo, fueron las claves de su capacidad para hablar en público.

Otros hombres de Dios también han padecido temor a hablar en público. Moisés, por ejemplo, tartamudeaba; tenía un impedimento en el habla. El Señor le dijo que no temiera, sino que tuviera fe, pues Él se encargaría de su tartamudez. En Éxodo 4:10-13 leemos: 

«Entonces dijo Moisés al Señor: “¡Ay, Señor! Yo no soy hombre elocuente; ni antes, ni desde que has hablado a tu siervo; porque soy tardo en el habla y torpe de lengua”. Y el Señor le respondió: “¿Quién dio la boca al hombre? ¿O quién hizo al mudo, al sordo, al que ve o al ciego? ¿No soy yo, el Señor? ¡Ve, pues! Yo estaré con tu boca y te enseñaré lo que has de decir”». 

Pero Moisés no creyó. Su temor a hablar en público lo dominó. Dios lo habría sanado si hubiera creído; sin embargo, Moisés se aferró a su miedo, y Dios se enojó con él. No obstante, en su compasión, Dios envió a Aarón, el hermano mayor de Moisés, para que hablara en su lugar y fuera su voz ante el faraón.

El libro de los Hechos registra los encuentros del apóstol Pablo —en los que hizo uso de la oratoria— ante autoridades romanas, judías y griegas. Sin embargo, en su segunda carta a los corintios, vemos a Pablo refutando una creencia que tenían algunos de ellos: que, si bien «sus cartas... son duras y fuertes», su «presencia corporal es débil, y su palabra menospreciable».[2] 

Los griegos tenían la tendencia —quizás como todos nosotros— de admirar a quien hablaba bien, especialmente si su apariencia física era agradable. El apóstol Pablo respondió: «lo que somos en palabra... eso mismo seremos también en hechos, estando presentes».[3] En otras palabras, su forma de hablar estaría a la altura de sus escritos, y ambos serían poderosos. 

En la segunda parte del capítulo 11 de Daniel —que la mayoría de los expertos en profecía bíblica consideran una descripción del periodo de la Gran Tribulación, o «tiempo de angustia para Jacob»—, encontramos estas palabras: 

 «Y los sabios del pueblo instruirán a muchos».[4] 

 Dios desea que su pueblo actúe como maestro e instruya al mundo, dado que muchos han sido engañados por el «dios de este siglo», quien ha cegado sus mentes. ¿Cómo podemos nosotros, como representantes de Dios, «instruir a muchos» si no logramos superar un temor común: el miedo a hablar en público? Jesús nos dijo que haríamos obras aún mayores que las que Él hizo. También nos indicó que, mediante el bautismo en el Espíritu Santo, de nuestro interior fluirían «ríos de agua viva» —aguas que rebosan vida—. Esas aguas son las palabras que pronunciamos: las palabras de Dios que compartimos con los demás. Como dijo Jesús: 

«Las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida».[5] 

El Señor nos ha mandado abrir bien la boca, prometiendo que Él la llenará.[6] Es posible que nos envíe un compañero —tal como envió a Aarón para acompañar a Moisés—, pero debemos esforzarnos por vencer nuestros temores y convertirnos en los hombres y mujeres de Dios poderosos que Él desea que seamos. Poderosos, precisamente, al mantenernos dependientes y obedientes a su «silbo apacible», que nos llama a ser testigos ante todos los seres humanos. 

En el libro de Proverbios leemos: 

 «Del fruto de su boca se saciará el vientre del hombre; se saciará del producto de sus labios»[7]. 

En otras palabras, nuestra felicidad y plenitud no provienen de una buena comida, sino de compartir la Palabra de Dios con los demás. Debemos buscar y encontrar más vías para compartir la Palabra de Dios con quienes la necesitan. De lo contrario, seremos desdichados, tal como escribió el apóstol Pablo:

«Pues si anuncio el evangelio, no tengo por qué gloriarme, porque me es impuesta necesidad; ¡y ay de mí si no anuncio el evangelio!»[8]. 

O como se lamentaba Jeremías: 

«Pero si digo: “No me acordaré más de él, ni hablaré más en su nombre”, entonces hay en mi corazón como un fuego ardiente, metido en mis huesos; estoy fatigado de sufrirlo, ¡y no puedo más!»[9]. 

Por tanto, esforcémonos al máximo por superar nuestros temores y desarrollar nuestros talentos, tanto para hablar en público como para escribir. Aprendamos a utilizar las nuevas tecnologías en favor de Dios y para difundir Su preciosa Palabra entre los perdidos y los necesitados. Creemos blogs, canales de YouTube, publicaciones en Facebook o recurramos a cualquiera de las muchas otras formas de alzar la voz y ser escuchados. Defendamos a Jesús y dejemos que nuestra luz brille de tal manera ante los hombres que, al ver nuestras buenas obras, glorifiquen a nuestro Padre que está en los cielos[10]. 

«La forma de desarrollar la confianza en uno mismo es hacer aquello que nos da miedo y acumular un historial de experiencias exitosas». ― William Jennings Bryan (1860-1925), célebre orador y político estadounidense[11] 

[1] Daniel 11:33 

[2] 2 Corintios 10:10b 

[3] 2 Corintios 10:11 

[4] Daniel 11:33a 

[5] Juan 6:63 

[6] Salmo 81:10b 

[7] Proverbios 18:20 

[8] 1 Corintios 9:16 

[9] Jeremías 20:9 

[10] Mateo 5:16 [11] https://www.goodreads.com/author/quotes/310550.William_Jennings_Bryan Publicado originalmente el 6 de noviembre de 2020.

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