Por Dennis Edwards:
Un relato personal sobre cómo una persona fiel fue una inspiración para mà y me ayudó a crecer en la fe.
De joven, durante los turbulentos años 60 y 70, el mundo parecÃa estar al borde de la destrucción, como bien lo expresó Bob Dylan en su famosa canción "The Times Are a Changing". Con Rusia y Estados Unidos completamente armados con armas nucleares, con la guerra en Vietnam, el descontento en los campus universitarios a causa de ella y el malestar social y racial en casa, el mundo parecÃa estar al borde de una explosión, ya sea interna o externa.
Recuerdo mi segundo año de universidad, tan deprimido que incluso me atrevà a tirarme del puente sobre el rÃo Ohio que conecta Marietta, Ohio, con Parkersburg, Virginia Occidental. Pero, por alguna razón, no pude hacerlo. SabÃa que existÃa el amor en el mundo. Aunque no tenÃa comunicación ni una relación abierta con mis padres ni con mis abuelos, sabÃa que una persona me amaba: mi tÃa Ida.
¿Quién era Ida? Para empezar, en realidad no era mi tÃa. Ella y el tÃo Joe eran nuestros vecinos de al lado cuando vivÃamos en un pequeño complejo de apartamentos propiedad de mis abuelos en Brooklyn, Nueva York. Mi hermano mayor y yo nacimos allÃ, en Brooklyn, y quizá mi hermana también. Ida y Joe nos cuidaban para mis padres y pronto se convirtieron en la tÃa Ida y el tÃo Joe.
No estoy segura de dónde era Ida. Creció en un orfanato. Recuerdo que tenÃa los pies pequeños porque tenÃa que usar los zapatos donados, que le quedaban demasiado pequeños, asà que tenÃa los dedos apretados. Quizás era italiana como el tÃo Joe, pero podrÃa haber sido albanesa porque se parecÃa un poco a la Madre Teresa.
El tÃo Joe habÃa vendido verduras en las calles de Brooklyn de joven. Incluso le ofrecieron trabajar con los hijos de Al Capone, pero querÃa ganarse la vida honradamente. Si alguna vez conocà a un cristiano en aquella época, ese era el tÃo Joe. TenÃa la costumbre de parar a ayudar a quienes tenÃan problemas con el coche en la carretera de Queens a Oakdale, Long Island.
Era antes de la Patrulla de Carreteras de Emergencia, los teléfonos móviles y demás. TenÃa un grupo de personas que venÃan a visitarlo por la ayuda que les habÃa ofrecido. Él e Ida no tenÃan hijos, asà que sus nuevos amigos los adoptaron como familia. El tÃo Joe incluso nos dejaba a los niños beber la espuma de su cerveza, algo realmente especial para nosotros en aquel entonces.
Después de que mi novia me dejara por otro chico, caà en una profunda depresión durante mi primer año de universidad. Nick Verrastro, mi compañero de piso de la universidad, te lo puede contar. Nadie me querÃa. El mundo era un desastre. Estaba a punto de ser reclutado en el ejército e ir a Vietnam al terminar mis estudios. Perdà toda esperanza de vivir.
Mis cursos universitarios me enseñaron la evolución y me la tragué, rechacé la fe de mi juventud y caà en el ateÃsmo y el pensamiento existencialista. Pero en ese momento tan oscuro, no podÃa admitir que el amor no existÃa, porque lo habÃa visto en la vida de mi tÃo Joe y lo habÃa sentido en los brazos cariñosos de mi tÃa Ida.
Recuerdo haber ido a nuestro bungalow familiar en Long Island. Ida y Joe tenÃan uno cerca del nuestro. Me encantaba pasar tiempo sola en el bungalow para descansar, pensar y alejarme de la monotonÃa de la vida y la escuela en Nueva Jersey. Entre mi primer y segundo año de universidad, fui una joven de 19 años cerrada y deprimida. Con el pelo hasta los hombros en protesta por la guerra y el "estilo de vida americano", me dirigà tranquilamente a casa de Ida y Joe.
Cuando entré en su bungalow, Ida me abrazó y me preguntó qué pasaba. "¿Te pasa algo, Dennis?". No pude responder. Estaba encerrada en mà misma y confundida, deprimida y desesperanzada. Cantó una cancioncita mientras me abrazaba, una canción que solÃa cantar con nosotros cuando éramos niños: "Un celemÃn y un beso, y un abrazo al cuello". Y asà nos quedamos. Ella me abrazó y cantó una y otra vez "un celemÃn y un beso, y un abrazo al cuello".
Nunca le abrà mi corazón a Ida ni le conté todo lo que me preocupaba. No fue hasta que tuve mi experiencia con Dios un año después que pude abrirme y empezar a compartir mi corazón con los demás. Pero el abrazo de Ida en ese momento fue la seguridad que esta joven angustiada necesitaba para saber que el amor existÃa. Si el amor existÃa, tal vez Dios también existÃa, y tal vez habÃa algún sentido en este mundo aparentemente sin sentido.
Gracias a Dios por la tÃa Ida y todas las demás Idas del mundo que dan amor y son ejemplos del amor de Dios a los demás. Si hubiera más, ¡qué mundo tan maravilloso serÃa!
Publicado originalmente el 12 de septiembre de 2012


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